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La Cripta del Barón de Velasco en ARJONA


Vista del conjunto de la Cripta del Barón de Velasco desde la entrada
(foto: archivo propio)

Una de las curiosidades histórico-artísticas más destacadas de la monumental villa de Arjona es una cripta funeraria familiar que mandó construir Don Fernando Ruano Prieto, Barón de Velasco, bajo una de las capillas de la Iglesia de San Juan Bautista. El estilo artístico escogido para este espacio, su decoración y el halo de misterio que lo rodea son los atractivos más interesantes de este monumento que engrandece el ya de por sí dilatado patrimonio de esta bella localidad de la Campiña jiennense.

DON FERNANDO RUANO PRIETO, VIII MARQUÉS DE LIÉDENA Y BARÓN DE VELASCO


Don Fernando Ruano Prieto
Nacido en Arjona en 1876, fueron sus padres Jerónimo Ruano y Vargas-Machuca y Beatriz Prieto y Muñoz-Cobo.
De familia acomodada, que no aristócrata, este ilustre arjonero, influyente en su época, compró realmente el título de la Baronía de Velasco en 1903, ostentándola hasta 1926, año en que el Tribunal Supremo falla definitivamente a favor de su legítimo dueño, Don Francisco Carrillo Santa Pau, quien no había reclamado el título en 1900 para que pudiera disfrutarlo alguno de sus hermanos menores, que finalmente no lo solicitan, haciéndolo por el contrario nuestro oportuno protagonista.
En 1906 hace lo propio adquiriendo el Marquesado de Liédena, cuyo titular había fallecido ese mismo año. En 1926 el título pasa a su único hijo varón, Don Jerónimo Ruano y Rodríguez-Arias, que lo conservará hasta 1958.
Don Fernando Ruano obtiene el título de Bachiller por el Instituto de Jaén en 1891. Cursó simultáneamente dos carreras universitarias por la Universidad de Salamanca, la de Derecho y la de Filosofía y Letras, licenciándose en 1894. Culminó su formación en la Universidad Central de Madrid, obteniendo el título de Doctor en ambas carreras en 1898.
Ingresó como Caballero del Real Cuerpo de la Nobleza de Madrid el 8 de Enero de 1900, del que fue su Diputado, Fiscal e Inpector de Uniformes. Fue también admitido como Caballero en la Real Maestranza de Caballería de Zaragoza.
Contrajo matrimonio en 1901 con Doña María del Amparo Rodríguez y Rodríguez-Arias, hija y nieta de senadores e importantes industriales oriundos de Béjar, del cual nacería su único hijo varón referido con anterioridad. Años más tarde contrajo matrimonio con María de los Dolores Barrón y del Real, del cual tuvo una hija.
Si bien Ruano heredó un importante patrimonio rústico en Arjona y alrededores, lo acrecentó gracias a su matrimonio con su primera mujer y a la correcta explotación del mismo. Su estrecha vinculación al mundo agrícola y ganadero de la España de aquel entonces le valió la condecoración de la Gran Cruz de la Orden al Mérito Agrícola en 1910 y más tarde será nombrado, debido a su dilatada experiencia en el sector, Director General de Agricultura en 1917.
Su faceta como político se verá igualmente incrementada con el tiempo. Apoyándose en los importantes vínculos familiares con la política provincial y nacional que Ruano tenía, tanto por su parte como la de su esposa, será elegido Diputado a Cortes por el Distrito de Albarracín (Teruel) en seis elecciones generales entre 1910 y 1923, así como Senador del Reino por la Provincia de Teruel entre 1921 y 1923. En 1917 es designado Inspector General de Primera Enseñanza.
Persona de vasta cultura y escritor erudito, publicó, entre otras obras de corte historicista: “Don Juan II de Aragón y el Príncipe de Viana” (Bilbao, 1897), “Anexión del Reino de Navarra en tiempo del Rey Católico” (Madrid, 1899), “Don Martín de Acuña, capitán de arcabuceros, caballero del hábito de Santiago y espía mayor del rey de las Españas don Felipe II (1544-1558)” (Madrid, 1899), y "La Espada de Pizarro y un hispanófilo escocés" (Trujillo, 1941). También cultivó la poesía, siendo publicados algunos de sus trabajos en la revista cultural jiennense de ámbito provincial Don Lope de Sosa.

HISTORIA DEL MONUMENTO

Esta cripta se construyó en la década de los 20 del pasado siglo por iniciativa de Don Fernando Ruano como panteón familiar privado, justo debajo de la capilla que la familia poseía en la Iglesia parroquial de San Juan Bautista. Esta capilla familiar ya no existe y se ubicaba donde hoy se encuentra la capilla del Sagrario. La cripta tenía un acceso directo desde la capilla (y por tanto desde el interior del propio templo), pero fue tapiado en las obras de remodelación que sufrió la Iglesia en el año 1982, por lo que en la actualidad se entra a la cripta por un acceso situado al principio de la calle Prioratos, a las espaldas del templo.
Antonio Flórez Urdapilleta
El diseño de este espacio funerario se debe al arquitecto gallego Antonio Flórez Urdapilleta, quien finalizados sus estudios de Arquitectura en Madrid en 1904, estuvo pensionado en Roma, desde donde viajó por el resto de Italia, Grecia, Turquía y Viena. En algunos de estos lugares debió familiarizarse con la arquitectura paleocristiana y bizantina, singulares estilos que exhibe nuestra cripta de Arjona.
El diseño del programa decorativo se debe al maestro italiano Giovanni, mientras que las esculturas de mármol son obra del artista valenciano José Capuz Mamano.
Tras el estallido de la Guerra Civil española varios individuos abrieron la cripta del Barón de Velasco exhumando los restos momificados de la madre de Don Fernando Ruano y los arrastraron por el pueblo exhibiéndolos como símbolo de la caída de la aristocracia y la derecha. Ocasionaron daños también en las esculturas de mármol y en la decoración del espacio.
Actualmente, la Cripta está bien conservada gracias al proceso de restauración que se llevó a cabo entre los años 2001 y 2002 dirigido por Don José Luis Ojeda Navío, de Andújar. Este espacio se encuentra bajo la titularidad del Ayuntamiento de Arjona y está incluido en el Catálogo de Patrimonio Inmueble de Andalucía.


LA CRIPTA

Escalera de mármol que da acceso a la Cripta
(foto: archivo propio)

Por el mencionado acceso en la Calle Prioratos y tras pasar el umbral de la puerta, nos encontramos con una elegante escalera de mármol cuyas paredes están revestidas también del mismo material. La escalera tiene un primer tramo curvo, luego uno recto y finalmente otro curvo que desemboca directamente en la cripta.
Ésta es un espacio central cubierto por bóveda vaída en tres de cuyos lados se abren hornacinas en las que se excavan nichos.

Vista del espacio de la Cripta. En el suelo se aprecian los mecanismos que permiten el desplazamiento de las figuras de mármol de las hornacinas hacia el centro
para acceder mejor a los nichos.
(foto: archivo propio)

Lo más interesante del conjunto es su decoración. Todo el paramento está decorado con mosaico de teselas doradas. En el centro de la bóveda se representa al Pantocrátor en un círculo. Con su mano derecha bendice en el típico gesto de la tradición bizantina (dedos pulgar y anular se unen formando un círculo). Con la mano izquierda sujeta el Libro de las Sagradas Escrituras en el que se distinguen las letras griegas Alfa y Omega, que simbolizan el principio y el fin (Dios como origen y final de todas las cosas). Otras letras, también griegas, aparecen a ambos lados de la figura de Cristo: IC XC. Estas letras se corresponden con el nombre de Jesús en griego, que es, transliterado al alfabeto latino, IesouS XristoS. Siguiendo la tradición de los iconos griegos, para representar el nombre de Jesús y la Virgen María se toman las primeras y últimas letras de su nombre. Así, tomando la primera y la última letra de cada palabra formaríamos IS XS. Sin embargo, en el koiné alejandrino y en el griego bizantino el grafema que se usaba para designar la sigma (S) era C. Por lo tanto, el monograma original del nombre de Jesús es IC XC. Como se puede apreciar en la fotografía, se superpone una línea encima de cada par de letras, lo que indica que se trata de una abreviatura. Rodeando al Pantocrátor, en las esquinas de la bóveda, se representan cuatro Serafines, característicos por sus tres pares de alas con ojos incrustados en las mismas.

Bóveda vaída de la Cripta. Pantocrátor en el centro y Serafines en las esquinas
(foto: archivo propio)

Uno de los Serafines de la bóveda
(foto: archivo propio)

El suelo de la Cripta es de mármol, al igual que el zócalo que recorre sus muros. Sobre dicho zócalo y a cada lado de las tres hornacinas se sitúan bajorrelieves en mármol blanco que representan parejas de ángeles querubines desnudos con la mano derecha entrelazada mientras que con la izquierda sujetan guirnaldas de flores, hojas y frutos. Cada hornacina está ocupada por una escultura de tamaño natural realizadas también en mármol blanco que representan, con forma femenina, las tres virtudes teologales: Fe, Esperanza y Caridad. Las dos últimas han sido decapitadas, mientras que sólo la escultura de la Fe permanece intacta, dirigiendo su mirada hacia arriba, en dirección al Pantocrátor de la bóveda. Para dejar libre la hornacina en el momento de depositar los restos mortales de algún familiar, las esculturas podían desplazarse hacia el centro de la Cripta mediante unos engranajes localizados en el suelo y que permanecen ocultos por arquetas.
En el cuarto lado de este espacio se encuentra, sobre grada de tres escalones, el altar de mármol de la Cripta encajado en una hornacina. Junto a él, la puerta y escalera por la que se accede.

Pareja de querubines portando guirnaldas
(foto: archivo propio)

Figura de la Fe situada en el lado izquierdo de la Cripta
(foto: archivo propio)


LA CRIPTA DEL BARÓN DE VELASCO Y LA MASONERÍA

Un elemento que al parecer se encontraba en la Cripta y que se ha convertido en uno de los reclamos turísticos más importantes de Arjona es la famosa "lápida templaria" que el historiador y novelista, oriundo de la localidad, Juan Eslava Galán, popularizó en su conocida obra "La Lápida Templaria", que en realidad firma con su pseudónimo: Nicholas Wilcox. Decimos "se encontraba" porque esta lápida se puede contemplar hoy en otro emplazamiento: el tramo inferior de la escalera principal del Ayuntamiento de Arjona, incrustada en la pared.

Lápida Templaria en el Ayuntamiento de Arjona
(foto: archivo propio)

Según algunos autores, nuestro Barón de Velasco poseía ciertas inclinaciones relacionadas con la manosería, algunos de cuyos símbolos podrían rastrearse ocultos en ciertos detalles de la decoración de esta Cripta. La lápida contiene inscrito un dibujo formado por líneas y figuras geométricas además de tres letras del alfabeto hebreo. Dicho dibujo sería un trasunto del Shem Shemaforash o nombre de Dios que habría inscrito en la legendaria Mesa de Salomón, y cuyo descifrado permitiría al individuo alcanzar el conocimiento absoluto y comunicarse con la mismísima Divinidad.


Bibliografía y Enlaces:

- Artesalas (Blog Oficial de Visitas Guiadas a Arjona de Antonio Salas)
- Don Fernando Ruano Prieto (Wikipedia)
- Principios Católicos





Tesoros de Jaén en el Museo Arqueológico Nacional. El Tesoro de Perotito de SANTISTEBAN DEL PUERTO



Pátera del Tesoro de "Perotito" de Santisteban del Puerto
(foto: archivo propio)

Denominación: Tesoro de "Perotito"
Nº de piezas: 67
Material: Plata
Técnicas: Batido, Fundición, Repujado
Datación: Siglos III - I a.C.
Cultura: Ibérica
Yacimiento: finca "Perotito"
Municipio: Santisteban del Puerto
Comarca: El Condado
Fecha del hallazgo: principios del siglo XX
Localización: Museo Arqueológico Nacional (Madrid)

Uno de los tesoros más interesantes expuestos en el Museo Arqueológico Nacional de Madrid es el de "Perotito". Se llama así por haber sido encontrado fortuitamente al labrar unas tierras en la finca denominada "Perotito", en el municipio de Santisteban del Puerto, perteneciente a la comarca de El Condado, en el Norte de la Provincia de Jaén.

UN POCO DE HISTORIA

En Arqueología se denomina "tesoro" o "tesorillo" al ocultamiento intencionado de una serie de objetos de valor (monedas u objetos, como en el caso que nos ocupa). La inestabilidad social, los conflictos armados o las situaciones de inseguridad eran el pan de cada día en el mundo antiguo. Así, no es extraño que sus gentes optaran en ocasiones por esconder su dinero, joyas u objetos de valor, enterrándolos. La muerte, el traslado forzoso, el apresamiento o cualquier otra causa de fuerza mayor que acaeciese sobre el propietario, hacía que en ocasiones éste no pudiera recuperar su atesoramiento, permaneciendo así oculto y olvidado por siglos.  En la época ibérica, la plata era el metal más utilizado para la acuñación de moneda y la fabricación de objetos de lujo, de ahí que las piezas encontradas sean todas de este material.
El núcleo urbano de Santisteban tiene su origen en estos momentos. Según los hallazgos arqueológicos y las fuentes históricas se desarrolló aquí en época ibérica un oppidum (poblado fortificado) identificado como Ilurgeia, que con los romanos cambiaría su nombre por el de Ilugo. Este oppidum formaría parte de la red de grandes asentamientos del Alto Guadalquivir, éste concretamente en la órbita de Cástulo (Linares) e íntimamente relacionado con la producción metalúrgica de la zona de Sierra Morena. La mayoría de ellos tendrán continuidad en su poblamiento tras la conquista romana de la Península. Conocemos cuándo es conquistada Santisteban, al parecer por el pretor Cayo Flaminio en el año 192 a.C. Quizás pudo ser éste el momento de inestabilidad que propició la ocultación del tesoro objeto de nuestro estudio. En cualquier caso fue en época ibérica tardía cuando se fabricó, con claras influencias grecorromanas. Su alto valor, así como sus características artísticas, denotan el elevado grado de desarrollo de este asentamiento ibérico.
El tesoro fue descubierto a principios del siglo XX en la finca denominada "Perotito", que toma su nombre del Arroyo "Pedro Tito" o "Perotito", afluente por la margen derecha del Río Montizón, a unos 6 km. al Nordeste del casco urbano de Santisteban del Puerto. El hallazgo tuvo lugar por casualidad, en el desarrollo de las labores agrícolas. Parte del tesoro se perdió en el lapso de tiempo entre su descubrimiento y el momento en que es adquirido por el Estado y depositado en el Museo Arqueológico Nacional de Madrid en 1917.
Don José Ramón Mélida Aniladi, director del Museo en ese año, en su obra "Adquisiciones del Museo Arqueológico Nacional", nos dice que el Tesoro de "Perotito" tenía más piezas de las que luego se ofrecieron al Museo y que con él había además algunas monedas (hoy en paradero desconocido todo ello). 

EL TESORO DE "PEROTITO"


Conjunto del Tesoro de "Perotito" en su vitrina del Museo Arqueológico Nacional de Madrid
(foto: archivo propio)

Se trata de un conjunto formado por dos tipos de objetos: recipientes y piezas de orfebrería. Entre los primeros -los más abundantes- se encuentran una magnífica pátera, una copa, varios cuencos y vasos, y numerosos fragmentos de otros recipientes. Entre las piezas de orfebrería se cuentan dos fíbulas (broches) y dos brazaletes, un colgante y una arracada (pendiente con colgante). Todas las piezas están realizadas en plata.

Piezas de orfebrería del Tesoro de "Perotito".
En la fila superior a la izquierda, una pulsera y a continuación un colgante.
Abajo, fíbulas a la izquierda y arracada a la derecha.
(foto: archivo propio)

De este conjunto destacan dos objetos por su tipología y decoración: una copa y una excepcional pátera, ésta última "joya de la corona" de este interesante tesoro.

La Copa

Con una altura de 21 cm. y diámetro de boca de 18 cm., esta Copa realizada mediante la técnica de la fundición es la segunda pieza en importancia del tesoro. Sigue modelos itálicos, presentando forma semiovoidea, y con pie. En el borde tiene una moldura en el interior, mientras que en el exterior exhibe una cenefa con adornos de guirnaldas florales. En el pie, la decoración es de palmetas en bajorrelieve. Estos adornos están grabados y dorados.


Copa del Tesoro de "Perotito"
(foto: archivo propio)

La Pátera

Es una de las piezas más importantes de la orfebrería de la Edad Antigua en España, y en palabras del famoso historiador Don Ramón Menéndez Pidal, "un objeto de sumo interés para la Historia del Arte español".
De forma circular, tiene un diámetro de 17,20 cm. Presenta una decoración en bajo y mediorrelieve. En el centro un medallón con una cabeza de lobo devorando una cabeza humana con las fauces abiertas, y rodeada de serpientes. Alrededor dos frisos concéntricos. El primero, distribuido en nueve sectores, tiene representación de escenas de caza. El segundo, separado del anterior por una orla de puntos, presenta una procesión de centauros y centaúrides (mujeres-centauro), distribuidos también en nueve sectores o metopas.

Detalle de los centauros y centáurides de la pátera
(foto. archivo propio)

La pátera está sobredorada, para resaltar las figuras. Fue fabricada mediante la técnica de la fundición a partir de una lámina que posteriormente es repujada -desde el reverso- para realizar la decoración. Se considera obra de un artesano local, que posiblemente utilizó como molde una pieza importada dado el grado de perfección de la obra. La presencia del lobo, animal de extrema importancia en el mundo ibérico, nos habla de un posible uso funerario como recipiente para libaciones (ofrenda de líquidos), aunque también podría ser una pieza de lujo, conformando junto con otros objetos del mismo material precioso -plata- encontrados en el Perotito un conjunto de elevado valor en un contexto doméstico de nivel alto (aristocrático).

Medallón central con una cabeza humana siendo devorada por un lobo
(foto: archivo propio)

Iconográficamente reúne elementos helenísticos e ibéricos.
Entre los ibéricos destaca el motivo central ya comentado. El mundo ibérico está repleto de representaciones en las que aparece el lobo, animal totémico para esta cultura (Tivissa, Alcudia, Huelma, Villargordo, Mengíbar, Arjona...). Tiene además un carácter apotropaico, relacionado con el mundo de ultratumba. Símbolo de la guerra, la noche y la muerte, el lobo está estrechamente ligado a planteamientos ideológicos de tipo heroico (el príncipe guerrero).
Las representaciones de los centauros y las centáurides son la expresión más evidente de la influencia grecorromana. Aparecen portando instrumentos musicales y simbolizan la vida fácil y bucólica del difunto de origen aristocrático en el más allá.


Otros objetos

De los objetos completos destacan, entre los recipientes, dos cuencos en forma de cono (puntiagudos) y sin asas -que se corresponden con el tipo de vaso de Cástulo-, y otros dos semiesféricos también sin asas.
Entre las piezas de orfebrería sobresalen un brazalete en espiral, uno de cuyos extremos culmina en una cabeza de serpiente; una pulsera circular sin cerrar, con motivos grabados; y dos fíbulas, con sendos adornos en forma de cabeza de caballo.



Bibliografía:

- Mercado Egea, Joaquín. La Muy Ilustre Villa de Santisteban del Puerto. Madrid, 1973.

Enlace:

- Museo Arqueológico Nacional (MAN)







Tesoros de Jaén en el Museo Arqueológico Nacional. Las Cabezas de Bronce de Cerro Maquiz (MENGÍBAR)



Las cuatro cabezas de bronce de Cerro Maquiz (Mengíbar),
reunidas en la exposición con motivo del 150 aniversario de su descubrimiento.
Museo Provincial de Jaén. Noviembre de 2010.
(Foto: archivo propio)

Objetos: piezas decorativas de un carro de guerra (cabezas)
Material: bronce
Cronología: siglo IV a.C.
Cultura: Ibérica
Fecha de descubrimiento: 1860
Procedencia: Cerro Maquiz
Municipio: Mengíbar
Comarca: La Campiña

HISTORIA DE UN DESCUBRIMIENTO 

En Noviembre de 1860 dos labradores que estaban trabajando en la finca de Cerro Maquiz, cuyo propietario entonces era Don Manuel de la Chica, hallaron cuatro objetos de bronce con formas de cabeza humana y de lobo de época ibérica que encontraron en el interior de una oquedad excavada en el suelo junto a otros objetos (un cinturón y otras piezas de hierro). Al parecer se trataba de una tumba de un personaje importante de Iliturgi y estos objetos formaron parte originariamente de un carro de guerra, propio de estos príncipes íberos, aunque en realidad dicho carro era un símbolo de poder y no se utilizaba en la guerra. 
En 1862 Don Manuel de la Chica puso en conocimiento de la Real Academia de la Historia el hallazgo de estas cuatro cabezas de bronce, dos de las cuales las donó a la Academia a través de Don Amador de los Ríos, mientras que las otras dos siguieron en manos de particulares hasta que en 1970 el Museo Arqueológico Nacional las adquirió.
Este descubrimiento tuvo una enorme repercusión unos años más tarde. En 1867 fueron expuestas en el Pabellón de España de la Exposición Internacional de París, llegando a ganar una medalla, y posteriormente en el Pabellón de Arte Español de la Exposición Internacional de Barcelona de 1929.
Dos de las cabezas se conservan en el Museo Arqueológico Nacional y las otras dos en la Real Academia de la Historia, no habiendo sido expuestas nunca y sólo accesibles a investigadores y científicos. Las piezas volvieron a reencontrarse en Jaén, en el Museo Provincial, en una exposición que se inauguró el día 17 de Noviembre de 2010 con motivo del 150 aniversario de su descubrimiento. La exhibición de las cabezas de manera conjunta fue posible gracias al arqueólogo mengibareño Emilio Plazas y a la directora del Museo Provincial, Francisca Hornos, siendo sus organizadores el propio Museo de Jaén, la Concejalía de Cultura del Ayuntamiento de Mengíbar y el Grupo de Amigos de la Historia de Mengíbar.

EL ASENTAMIENTO DE CERRO MAQUIZ 

El cerro de Maquiz es una elevación del terreno que se encuentra en la margen derecha del río Guadalbullón, muy cerca ya de la desembocadura de este último en el Guadalquivir, a unos dos kilómetros al Este del núcleo urbano de Mengíbar por la carretera A-6000 dirección a Villargordo.
La primera ocupación que se ha constatado en Cerro Maquiz se remonta a mediados del III milenio a.C., a juzgar por unas cerámicas a mano encontradas en el lugar.
Por razones que se desconocen el asentamiento quedó despoblado, volviéndose a ocupar en el I milenio a.C. (Bronce final). Cerro Maquiz formaría parte de la red de grandes asentamientos del Alto Guadalquivir, poblados fortificados que reciben la denominación de oppidum, y que en su gran mayoría presentan una ocupación ininterrumpida a partir de estos momentos del Bronce Final, siguiendo en época Ibérica y llegando algunos incluso a la fase romana.
Las áreas más conocidas y estudiadas del asentamiento son las necrópolis (para Cerro Maquiz se han localizado al menos tres), situadas en las proximidades del poblado, como es habitual en el mundo ibérico. El ritual de enterramiento que se practicaba era el de la incineración del cadáver, cuyos restos se depositaban en una urna de cerámica. La urna junto con su correspondiente ajuar se despositaban en un hoyo excavado en la tierra, para los casos más simples, o en pozos, cistas de piedra o cámaras funerarias, para los más complejos. No toda la población se enterraba, sólo lo hacían los miembros de la aristocracia y su clientela.
Al último tipo mencionado, el de cámara funeraria, perteneció la tumba del individuo en la que se encontraron estas cabezas de bronce objeto de nuestro artículo.

LOS BRONCES DE MAQUIZ 

La tumba principesca representaría el más alto nivel social de la necrópolis. Las cuatro cabezas, junto con otros objetos, fueron halladas en  una cámara subterránea. Formaron parte de la decoración de un carro militar de parada (de desfile) de un solo eje que probablemente nunca fuera utilizado en la guerra. Se trata de un elemento propio de los ajuares aristocráticos ibéricos. Es un símbolo de poder, y a la vez encarna la alegoría del tránsito de la vida a la muerte. Toya (Peal de Becerro) o Baza (Granada) son sólo algunos ejemplos de la presencia de estos carros en tumbas principescas.



Reconstrucción hipotética del carro funerario de la tumba hallada en Maquiz, 
con indicación de la posición de los apliques de bronce,
según los arqueólogos Doña Alicia Nieto Ruiz y Don Emilio Plazas Beltrán

Las cabezas del Museo Arqueológico Nacional


Una de las cabezas de bronce que se conservan en el Museo Arqueológico Nacional
(foto: archivo propio)

Se trata de dos piezas de bronce muy parecidas y de similar tamaño (47 cm. de longitud) utilizadas como aplique de refuerzo en los extremos del yugo del carro. Rematan en cabeza de lobo, animal de simbología funeraria con marcada expresión de ferocidad.
Lo más interesante corresponde a las escenas grabadas, de tipo mítico, que se repiten a ambos lados de los objetos. En ellas aparece destacada la representación del árbol de la vida, cuyo significado se ha relacionado con los conceptos de fertilidad y ultratumba. Junto a él imágenes de hombres barbados, tritones, jinetes que cabalgan sobre hipocampos, lobos y jabalíes, todo ello de clara simbología marcial. El remate en forma de cabeza de lobo, de representación muy común en el mundo ibérico, hace referencia a un animal de simbología funeraria con marcada expresión de ferocidad y de carácter apotropaico. Símbolo de la noche, la guerra y la muerte, está estrechamente relacionado con planteamientos ideológicos de tipo heroico.

 
Las cabezas de la Real Academia de la Historia


(foto: archivo propio) 

(Catálogo de Antigüedades de la RAH)
Cabezas de bronce conservadas en la Real Academia de la Historia

Las dos cabezas que se conservan en la Real Academia de la Historia son de tamaño inferior a las anteriores. Una es la cabeza de un lobo en cuya parte posterior se aprecia un ojal para pasar una cuerda. Iría situada, según los mencionados arqueólogos, como aplique decorativo en el extremo de la lanza o eje del carro.
La otra es mucho más interesante. De carácter bicéfala, presenta la cabeza de un lobo por una parte y una cabeza humana masculina por otra. Iría colocada, posiblemente junto con otra gemela que no se ha conservado, en la zona central del yugo del carro. De nuevo aquí se constata la identificación del lobo con el príncipe guerrero íbero. El lobo fue el animal más popular y temido en la Península Ibérica desde la Antigüedad. Capaz de atacar por sorpresa y con fiereza, también se define por el hecho de desenvolverse en manada con obediencia al líder de la misma. Precisamente estos valores de fuerza y liderazgo deben imprimir la personalidad del príncipe íbero.


Bibliografía:

- Ruiz Rodríguez, Arturo. De la muralla de Ibros al lobo de Huelma: Jaén en la lenta construcción de una identidad para los iberos. Jaén, 2001.
- VVAA. Jaén. Pueblos y Ciudades. Jaén, 1997.