viernes, 31 de octubre de 2014

Iglesias de Jaén. Antigua y Nueva Iglesia de Nuestra Señora de la Encarnación de POZO ALCÓN


Aspecto exterior de la Iglesia parroquial de Nuestra Señora de la Encarnación de Pozo Alcón
(foto: archivo propio)

El que fuera el bien patrimonial más importante de Pozo Alcón, su Iglesia parroquial bajo la advocación de Nuestra Señora de la Encarnación -un edificio de principios del siglo XVII-, fue derruido a mediados de los años sesenta del siglo pasado, constituyendo éste uno de esos casos de grave atentado contra el patrimonio artístico que pudo haberse evitado.

UN POCO DE HISTORIA

El pueblo de Pozo Alcón comienza su historia tras la conquista de Granada en 1492. Esta zona entre las provincias de Jaén y Granada, llana y extensa, denominada anteriormente "Campo Cuenca" por la presencia en este lugar del castillo homónimo, constituyó una peligrosa línea de frontera directa con el reino nazarita hasta prácticamente los últimos momentos de existencia de éste. Ello retardó los movimientos repobladores en el extremo sureste de la actual provincia de Jaén, que se llevaron a cabo a finales del siglo XV y principios del XVI.
Primero bajo la jurisdicción del concejo de Úbeda, y a partir de 1564 del de Quesada, el Pozo de Campo Cuenca era un modesto conjunto de cortijos ubicados en lo que hoy se conoce como el barranco de Casas Viejas -al noroeste del actual núcleo-, que a finales del siglo XVI contaba con 80 vecinos (alrededor de unos 350 habitantes aproximadamente). El actual núcleo de población debió surgir entre finales de esta centuria y principios del XVII en torno a la actual Placeta del Tío Fiera, donde confluyen las calles Venta y Era Alta, prolongándose el crecimiento por las calles Monje, Las Parras y Santo. Precisamente en la Placeta del Santo se levantaba uno de los dos edificios religiosos que mencionan los documentos de 1618, la ermita de Santa Ana, patrona de Pozo Alcón, hoy desaparecida. El otro era la también desaparecida Iglesia parroquial del lugar, bajo la advocación de Nuestra Señora de la Encarnación, ubicada en el mismo emplazamiento donde hoy podemos contemplar a su sustituta.

LA ANTIGUA IGLESIA

El edificio, que debió construirse a principios del siglo XVII, en los momentos de consolidación del nuevo núcleo poblacional, respondía al esquema de templo de planta rectangular de tres naves -la central más alta y ancha que las laterales-, separadas por arcos formeros de medio punto. El coro se situaba en alto a los pies del templo, mientras que en la cabecera el presbiterio se cubría con cúpula de media naranja sobre pechinas. Tenía varias puertas de acceso, siendo la principal la de la fachada nordeste. La torre campanario presentaba dos cuerpos: el inferior de base poligonal y el cuerpo de campanas, este último cilíndrico con huecos de medio punto. Se cubría con un esbelto chapitel. Esta torre fue sustituida en la década de 1930 por otra de ladrillo.
En el interior destacaba el retablo mayor, rematado en su ático con el grupo escultórico representando el momento de la Anunciación del ángel a María y la Encarnación del Hijo de Dios.

Antigua fotografía, de los años 30, en la que se aprecia la parte trasera (cabecera)
del antiguo templo de Pozo Alcón

Fotografía de los años 40 donde de nuevo se observa la parte trasera del antiguo templo


Antiguo retablo mayor de la parroquia en una fotografía anterior a 1936

UN NUEVO TEMPLO PARA POZO ALCÓN

Los problemas para el antiguo templo parroquial comenzaron en la década de los años cuarenta del siglo pasado con una desafortunada intervención. Para dar mayor amplitud al paseo, las autoridades municipales ordenaron la demolición de los muros de contención que apuntalaban la nave central y servían de descarga de fuerzas de la pesada cúpula del crucero. Las consecuencias no tardaron en hacer su aparición: la cubierta se agrietó, los arcos se deterioraron por la sobrecarga y uno de los muros amenazó con desplomarse. Unas tirantas de hierro -que empeoraron considerablemente la estética de la construcción-, paliaron durante algún tiempo el desastre, pero unos movimientos sísmicos vinieron a evidenciar el delicado estado del edificio: la cúpula se derrumbó parcialmente y el edificio perdió solidez. Cualquier tormenta agravaba la cimentación de la iglesia, que recibía además las aguas mal canalizadas de la empinada calle Monje.
Así las cosas, sólo cabían dos opciones: o rehabilitar el templo o proceder a su sustitución por un nuevo edificio. En 1965, por iniciativa del entonces cura párroco, apoyado por la correspondiente comisión episcopal, aunque con el desagrado mayoritario del pueblo poceño, se acordó la demolición del viejo templo.
Se encargó al arquitecto Ambrosio del Valle la redacción de un proyecto para levantar un nuevo templo más acorde, según se argumentó, con los cánones litúrgicos del Concilio Vaticano II.

Aspecto exterior del templo construido en los años 60 en sustitución del antiguo. Pozo Alcón
(fotografía de los años 90)

Interior del templo parroquial de los 60. Vista de la amplia nave y presbiterio
(fotografía de los años 90) 

El aspecto tanto exterior como interior de la iglesia, propio por otra parte de los templos de los años 60, se mantuvo tal cual hasta el año 2002, cuando se emprendieron unas reformas integrales que supusieron un lavado de cara para el edificio, modificando sustancialmente su estética hacia otra de regusto regionalista.
La nueva iglesia, situada sobre el solar de la antigua, tiene idéntica orientación, con los pies hacia el nordeste y la cabecera hacia el suroeste. Cuenta con una amplia nave central y, separada mediante arcos formeros de medio punto, una lateral en el lado del Evangelio (fachada del mediodía), ésta más baja y sobre la que, exteriormente, se sitúa una galería porticada de arcos de medio punto. La techumbre, decorada con un artesonado de madera, es adintelada y reforzada por arcos escarzanos que apoyan sobre pilares en ladrillo. En los muros laterales se abren grandes ventanales de arco de medio punto decorados con coloristas vidrieras. La cabecera es poligonal, y en los pies se sitúa un amplio coro en alto.

Aspecto interior del templo reformado en 2003. Nave principal y presbiterio al fondo
(foto: archivo propio)

Coro en alto en los pies del templo
(foto: archivo propio)

Posee dos portadas. La principal (fachada nordeste) es simple, adintelada, sobre la que se sitúa un amplio ventanal con vidriera y cruz latina superpuesta. Toda ella queda enmarcada por dos grandes pilastras en ladrillo que recorren la fachada. La portada lateral (fachada del mediodía), es de sencillo arco de medio punto en ladrillo. La torre, de base rectangular, es muy esbelta, y se localiza en el ángulo suroeste del edificio, junto a la cabecera, emplazamiento que no se corresponde con el que ocupaba el campanario de la antigua iglesia.

Torre campanario y fachada del mediodía con la galería de arcos de medio punto
(foto: archivo propio)

Destacan como elementos interesantes el lienzo de la Anunciación, una reproducción de la obra homónima de Francisco de Goya, y los retablos de Nuestro Padre Jesús Nazareno y Nuestra Señora de los Dolores, del artista Ramón Salarich.

Santa Ana, patrona de Pozo Alcón, en la Iglesia parroquial de La Encarnación
(foto: archivo propio)


Bibliografía:

- Moreno Moreno, Manuel. Pozo Alcón, Historia ilustrada de un pueblo. Baza, 1998.
- VVAA. Jaén, Pueblos y Ciudades. Jaén, 1997.
- "Sierra del Pozo", revista cultural.



 

lunes, 27 de octubre de 2014

Tesoros de Jaén en el Museo Arqueológico Nacional. Las Cabezas de Bronce de Cerro Maquiz (MENGÍBAR)



Las cuatro cabezas de bronce de Cerro Maquiz (Mengíbar),
reunidas en la exposición con motivo del 150 aniversario de su descubrimiento.
Museo Provincial de Jaén. Noviembre de 2010.
(Foto: archivo propio)

Objetos: piezas decorativas de un carro de guerra (cabezas)
Material: bronce
Cronología: siglo IV a.C.
Cultura: Ibérica
Fecha de descubrimiento: 1860
Procedencia: Cerro Maquiz
Municipio: Mengíbar
Comarca: La Campiña

HISTORIA DE UN DESCUBRIMIENTO 

En Noviembre de 1860 dos labradores que estaban trabajando en la finca de Cerro Maquiz, cuyo propietario entonces era Don Manuel de la Chica, hallaron cuatro objetos de bronce con formas de cabeza humana y de lobo de época ibérica que encontraron en el interior de una oquedad excavada en el suelo junto a otros objetos (un cinturón y otras piezas de hierro). Al parecer se trataba de una tumba de un personaje importante de Iliturgi y estos objetos formaron parte originariamente de un carro de guerra, propio de estos príncipes íberos, aunque en realidad dicho carro era un símbolo de poder y no se utilizaba en la guerra. 
En 1862 Don Manuel de la Chica puso en conocimiento de la Real Academia de la Historia el hallazgo de estas cuatro cabezas de bronce, dos de las cuales las donó a la Academia a través de Don Amador de los Ríos, mientras que las otras dos siguieron en manos de particulares hasta que en 1970 el Museo Arqueológico Nacional las adquirió.
Este descubrimiento tuvo una enorme repercusión unos años más tarde. En 1867 fueron expuestas en el Pabellón de España de la Exposición Internacional de París, llegando a ganar una medalla, y posteriormente en el Pabellón de Arte Español de la Exposición Internacional de Barcelona de 1929.
Dos de las cabezas se conservan en el Museo Arqueológico Nacional y las otras dos en la Real Academia de la Historia, no habiendo sido expuestas nunca y sólo accesibles a investigadores y científicos. Las piezas volvieron a reencontrarse en Jaén, en el Museo Provincial, en una exposición que se inauguró el día 17 de Noviembre de 2010 con motivo del 150 aniversario de su descubrimiento. La exhibición de las cabezas de manera conjunta fue posible gracias al arqueólogo mengibareño Emilio Plazas y a la directora del Museo Provincial, Francisca Hornos, siendo sus organizadores el propio Museo de Jaén, la Concejalía de Cultura del Ayuntamiento de Mengíbar y el Grupo de Amigos de la Historia de Mengíbar.

EL ASENTAMIENTO DE CERRO MAQUIZ 

El cerro de Maquiz es una elevación del terreno que se encuentra en la margen derecha del río Guadalbullón, muy cerca ya de la desembocadura de este último en el Guadalquivir, a unos dos kilómetros al Este del núcleo urbano de Mengíbar por la carretera A-6000 dirección a Villargordo.
La primera ocupación que se ha constatado en Cerro Maquiz se remonta a mediados del III milenio a.C., a juzgar por unas cerámicas a mano encontradas en el lugar.
Por razones que se desconocen el asentamiento quedó despoblado, volviéndose a ocupar en el I milenio a.C. (Bronce final). Cerro Maquiz formaría parte de la red de grandes asentamientos del Alto Guadalquivir, poblados fortificados que reciben la denominación de oppidum, y que en su gran mayoría presentan una ocupación ininterrumpida a partir de estos momentos del Bronce Final, siguiendo en época Ibérica y llegando algunos incluso a la fase romana.
Las áreas más conocidas y estudiadas del asentamiento son las necrópolis (para Cerro Maquiz se han localizado al menos tres), situadas en las proximidades del poblado, como es habitual en el mundo ibérico. El ritual de enterramiento que se practicaba era el de la incineración del cadáver, cuyos restos se depositaban en una urna de cerámica. La urna junto con su correspondiente ajuar se despositaban en un hoyo excavado en la tierra, para los casos más simples, o en pozos, cistas de piedra o cámaras funerarias, para los más complejos. No toda la población se enterraba, sólo lo hacían los miembros de la aristocracia y su clientela.
Al último tipo mencionado, el de cámara funeraria, perteneció la tumba del individuo en la que se encontraron estas cabezas de bronce objeto de nuestro artículo.

LOS BRONCES DE MAQUIZ 

La tumba principesca representaría el más alto nivel social de la necrópolis. Las cuatro cabezas, junto con otros objetos, fueron halladas en  una cámara subterránea. Formaron parte de la decoración de un carro militar de parada (de desfile) de un solo eje que probablemente nunca fuera utilizado en la guerra. Se trata de un elemento propio de los ajuares aristocráticos ibéricos. Es un símbolo de poder, y a la vez encarna la alegoría del tránsito de la vida a la muerte. Toya (Peal de Becerro) o Baza (Granada) son sólo algunos ejemplos de la presencia de estos carros en tumbas principescas.



Reconstrucción hipotética del carro funerario de la tumba hallada en Maquiz, 
con indicación de la posición de los apliques de bronce,
según los arqueólogos Doña Alicia Nieto Ruiz y Don Emilio Plazas Beltrán

Las cabezas del Museo Arqueológico Nacional


Una de las cabezas de bronce que se conservan en el Museo Arqueológico Nacional
(foto: archivo propio)

Se trata de dos piezas de bronce muy parecidas y de similar tamaño (47 cm. de longitud) utilizadas como aplique de refuerzo en los extremos del yugo del carro. Rematan en cabeza de lobo, animal de simbología funeraria con marcada expresión de ferocidad.
Lo más interesante corresponde a las escenas grabadas, de tipo mítico, que se repiten a ambos lados de los objetos. En ellas aparece destacada la representación del árbol de la vida, cuyo significado se ha relacionado con los conceptos de fertilidad y ultratumba. Junto a él imágenes de hombres barbados, tritones, jinetes que cabalgan sobre hipocampos, lobos y jabalíes, todo ello de clara simbología marcial. El remate en forma de cabeza de lobo, de representación muy común en el mundo ibérico, hace referencia a un animal de simbología funeraria con marcada expresión de ferocidad y de carácter apotropaico. Símbolo de la noche, la guerra y la muerte, está estrechamente relacionado con planteamientos ideológicos de tipo heroico.

 
Las cabezas de la Real Academia de la Historia


(foto: archivo propio) 

(Catálogo de Antigüedades de la RAH)
Cabezas de bronce conservadas en la Real Academia de la Historia

Las dos cabezas que se conservan en la Real Academia de la Historia son de tamaño inferior a las anteriores. Una es la cabeza de un lobo en cuya parte posterior se aprecia un ojal para pasar una cuerda. Iría situada, según los mencionados arqueólogos, como aplique decorativo en el extremo de la lanza o eje del carro.
La otra es mucho más interesante. De carácter bicéfala, presenta la cabeza de un lobo por una parte y una cabeza humana masculina por otra. Iría colocada, posiblemente junto con otra gemela que no se ha conservado, en la zona central del yugo del carro. De nuevo aquí se constata la identificación del lobo con el príncipe guerrero íbero. El lobo fue el animal más popular y temido en la Península Ibérica desde la Antigüedad. Capaz de atacar por sorpresa y con fiereza, también se define por el hecho de desenvolverse en manada con obediencia al líder de la misma. Precisamente estos valores de fuerza y liderazgo deben imprimir la personalidad del príncipe íbero.


Bibliografía:

- Ruiz Rodríguez, Arturo. De la muralla de Ibros al lobo de Huelma: Jaén en la lenta construcción de una identidad para los iberos. Jaén, 2001.
- VVAA. Jaén. Pueblos y Ciudades. Jaén, 1997. 


martes, 7 de octubre de 2014

Un patronazgo compartido en MANCHA REAL: Nuestra Señora del Rosario y la Inmaculada Concepción

Hoy, día 7 de Octubre, festividad de Nuestra Señora del Rosario, Mancha Real celebra a su patrona en las fiestas mayores de la localidad. Pero lo que muchos manchegos y manchegas desconocen es que su pueblo no tiene una, sino dos patronas, una circunstancia que viene de antiguo.
 
HISTORIA DE DOS DEVOCIONES

Imagen de la Inmaculada Concepción de Mancha Real
(foto: archivo propio)

La devoción a la Inmaculada Concepción en Mancha Real hunde sus raíces hasta el momento mismo de la fundación de la villa.
Mancha Real es fundada en 1537. Sólo unos años más tarde, en 1544, se funda la primera Cofradía llamada del Santísimo Sacramento y de la Limpia Concepción de Nuestra Señora la Virgen María. Pero no acaba aquí la estrecha vinculación espiritual de Mancha Real con el dogma concepcionista. 
Prácticamente desde la fundación de Mancha Real existía a la entrada del pueblo por el camino de Baeza el Humilladero de la Concepción, hasta donde llegaba la procesión el día de la Inmaculada. Justo aquí se construiría más tarde una ermita bajo esta advocación, de la que ya existen noticias en 1652.
A todo ello hay que añadir otro hecho importante: el Convento de Carmelitas Descalzos que fundara en Mancha Real el propio San Juan de la Cruz el 15 de Octubre de 1586 se puso bajo la advocación también de la Inmaculada Concepción de Nuestra Señora. Teniendo en cuenta todos estos antecedentes, la Inmaculada Concepción es nombrada Patrona y Abogada de la Villa en 1762, con licencia del por entonces Obispo de Jaén, don Benito Marín.

Imagen de Nuestra Señora del Rosario de Mancha Real
(foto: archivo propio)

Pero otra devoción mariana comienza a calar hondo en los manchegos ya desde tempranas fechas. Se trata de Nuestra Señora del Rosario, cuya cofradía es fundada en 1590, aunque desde los años setenta de esta centuria los vecinos ya venían experimentando un especial vínculo en torno a esta advocación del Rosario. A partir de entonces, también a Ella se dirigen las rogativas públicas de la villa y se erigirá una capilla en su honor en la nueva parroquia, finalizada en 1671. 
En 1854, en sesión celebrada por el Excelentísimo Ayuntamiento el día 14 de Septiembre, se habla ya de las Fiestas en honor a la Virgen del Rosario. En 1863 se pide autorización al gobernador Civil para fijar las fiestas en los días en torno al 7 de Octubre. La fiesta religiosa era pagada por el Ayuntamiento, según consta en el acta de 21 de Septiembre de 1890. A partir de 1892, en las actas municipales se le da a la Virgen del Rosario el título de Excelsa Patrona (ver artículo relacionado en este blog: Mancha Real rinde culto a su patrona, la Virgen del Rosario, Octubre-2011).

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Es por ello que nace la polémica en torno al patronazgo ya en el siglo XX, que no se dirime por parte del Obispado jiennense hasta 1972, cuando por Decreto de 7 de abril, siendo Obispo Don Miguel Peinado, se establece la copatronalidad de ambas advocaciones. Esta fórmula no es extraña, pues la propia capital de la Provincia, Jaén, tiene dos patronas: Santa Catalina de Alejandría y Nuestra Señora de la Capilla.
Aunque en Mancha Real se celebra con mayor intensidad a la Virgen del Rosario por recaer las fiestas del pueblo en los días en torno a su onomástica (7 de Octubre), la devoción por la Inmaculada no se ha perdido y cada 8 de Diciembre por la mañana se celebra misa en su honor en la Parroquia de la Encarnación y procesión hasta su Ermita. En los días previos tiene lugar la Novena en la Parroquia.


Bibliografía:

- Jiménez Cobo, Martín. Mancha Real, Historia y Tradición. 1983.
- Troyano Viedma, José Manuel. Mancha Real. En Revista Sumuntán. Nº 5, 1995.