El ocaso de las Navas de Tolosa. 800 años de una batalla que cambió el curso de la Historia de España


La Batalla de las Navas de Tolosa
Francisco de Paula Van Halen. 1864
(Palacio del Senado, Madrid)

El ocaso ensangrentaba de fuego el horizonte del Valle del Guadalquivir. Sangre en el cielo, sangre en el suelo. Allí, en aquella meseta, tras el paso de Despeñaperros, el monarca castellano fijó su mirada por unos instantes en el impreciso paisaje que se extendía a sus pies, pulverulento por la bruma a la caída de la tarde, de pardas montañas en la lejanía, africano... Al-Andalus reescribía por enésima vez su Historia aquél 16 de Julio de 1212, aunque en esta ocasión de manera muy significativa. El jardín de Alá estaba a punto de cambiar su sino y trocar la media luna por la cruz. Pero no era tan sencillo. Aún quedaba mucho por hacer, muchos castillos que tomar, muchas ciudades por conquistar, muchas vidas que sacrificar... Envuelto en la ansiada calma tras la vorágine, este pensamiento rondaba una y otra vez la regia cabeza de Don Alfonso mientras contemplaba algo ensimismado los cientos de cadáveres que yacían sobre la llanura. El calor era aún sofocante a esa hora de la tarde, y el sudor recorría todo su cuerpo. Extremadamente fatigado, recuperaba con dificultad el aliento después de una extenuante jornada en la que la estrategia y la suerte se habían aliado con el bando cristiano en una victoria militar que la Historia recordaría por siglos. De los más de 70.000 cristianos que habían participado en la batalla, "tan sólo" 2.000 habían perdido la vida. El enemigo había salido peor parado a pesar de que sus fuerzas eran muy superiores: unos 90.000 almohades habían alcanzado el Paraíso allí aquel día de entre los 125.000 soldados que al alba se habían encomendado a Alá para defender su imperio andalusí. 
Entre los cuerpos inertes esparcidos por aquel campo de muerte, el caballo blanco y de noble porte del monarca se movía lenta y torpemente. Don Alfonso cabalgaba solo, en un íntimo momento de reflexión. Se sentía orgulloso, después de la espina de Alarcos, de haber sido capaz de organizar, en colaboración con su amigo el Arzobispo Ximénez de Rada, Primado de Toledo, a toda la cristiandad del Suroeste de Europa en una Cruzada que el propio Papa Inocencio III había declarado y bendecido con una bula extraordinaria. No le había resultado fácil fraguar las alianzas y "lidiar" con realeza, nobleza e Iglesia para hacer frente común y acabar de una vez y para siempre con la amenaza almohade que hacía estremecer a la Europa cristiana. Bajo su mando habían combatido Castilla, Aragón, Navarra, las Órdenes Militares de Santiago, Calatrava, San Lázaro, El Temple y San Juan, las milicias concejiles, tropas nobiliarias y voluntarios portugueses, leoneses y ultramontanos (fundamentalmente franceses). El enemigo era sólo uno, pero todopoderoso y temible.
Mientras consideraba las consecuencias de aquella ventajosa victoria, una repentina ráfaga de cálido viento del Sur le trajo hasta sí el inconfundible olor de la sangre, sangre que empapaba la tierra por doquier. Pensó en su hijo, su único hijo, el heredero de Castilla. Él tendría que continuar pronto su labor. Un escalofrío le recorrió la espalda. Sus otros dos hijos varones habían muerto. El último, Fernando, no hacía ni un año. El pequeño Enrique, que contaba 8 años, era su única esperanza. Pero el destino, caprichoso, había urdido un ardid y no sería el joven príncipe el encargado de avanzar por el Valle del "río grande", como lo llamaban los infieles. Aunque eso es ya otra historia...

- Mi Señor, Su Majestad el rey Don Pedro el Segundo de Aragón, Su Majestad Don Sancho el Séptimo de Navarra y el Reverendísimo Señor Don Rodrigo Ximénez de Rada reclaman su presencia. -Don Alfonso abandonó súbitamente sus pensamientos-. Los hombres han comenzado las celebraciones. Vino y abundante carne asada esperan a Su Majestad.
El sirviente permaneció inmóvil en espera de una respuesta del rey, que se hizo esperar. Don Alfonso ni se había percatado del griterío que provenía del campamento cristiano tan absorto andaba en sus cavilaciones.
- Id y decidles que voy enseguida, -dijo en tono grave.

El monarca tiró suavemente de las riendas de su corcel para dar media vuelta. Antes echó un último vistazo al horizonte en dirección Oeste. El Sol acababa de ponerse y los tonos anaranjados poblaban el cielo. Confió en un pronto ocaso pero de otro gigante, el gigante almohade...




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